De agujas y retales: "So Little Time" (Compton Bennett, 1952)

 

So Little Time es de esas películas que parecen encontrarse en la caja designada como "A veces ni el propio tiempo nos recuerda", de esas que quedan en ocasiones depositadas en el desván del olvido, como una antigüedad sin interés. Pocos han oído hablar de esta cinta cinematográfica, cierto. Sin embargo, éste es un film que, aunque incluso parece haber pasado de puntillas entre el público contemporáneo a su estreno, sus reposiciones en televisión, sobre todo en países anglófonos, han dejado un recuerdo positivo en diversos espectadores, como así lo atestigua la web IMDb, donde se pueden leer diversas opiniones favorables al citado film, críticas en las que, además, se hacen eco de la dificultad por conseguir una copia de la película en cuestión. 


Fuente: IMDb

Se trata de una producción británica inspirada en la novela Je ne suis pas une héroïne, escrita en los años cuarenta del siglo pasado por Noëlle Henry. Ambientada en la Bélgica ocupada por los nazis, Madame de Malvine y su hija Nicole (Maria Schell) son obligadas a convivir en el château de su propiedad con un nuevo comandante alemán (Marius Goring) destinado a la población en la que habitan. El desarrollo de la trama, con esta breve sinopsis, quizás no se pueda deducir a simple vista, pudiendo resumirla a quemarropa como un romance enclavado en la II Guerra Mundial entre dos personas —la hija y el comandante— que pertenecen a espectros ideológicos opuestos. Pero esto sería sintetizar en exceso la trama y estaríamos dejando huérfano al mensaje humano que comunica la película. 

El tema fundamental de la cinta cinematográfica es el papel que juega el arte en la historia, un arte que tiene por representante a la música clásica. La música se presenta como punto de encuentro de la pareja protagonista —ambos tocan el piano—, y como factor relativizador de la realidad en un contexto bélico totalmente maniqueo donde resulta difícil que se produzca una comunión de posturas. El arte musical se revela así como un elemento puro, redentor e imparcial que solo tiene por objetivo alcanzar la belleza; un elemento neutral que ayuda a salvar distancias entre posiciones ideológicas diferentes. Aunque también se escuchan Las bodas de Fígaro de Mozart, es la Sonata para piano en Si menor de Franz Liszt la composición musical más recurrente de la película, que no solo tiene la capacidad de unir a los personajes protagonistas, sino que, asimismo, opera como aquella que contribuye a conectar los fotogramas para que formen un todo fílmico. 

La música, como si de una aguja se tratase, cose los retales de dos personas atormentadas por la guerra; ella está afligida por la muerte de dos hermanos y su padre, mientras que él soporta el dolor de una herida de guerra y el desconsuelo de saberse solo con la soledad. Al unirlas, la música colabora en la cauterización de sus heridas, a retener el sentimiento irracional del odio y los iguala en su humanidad —«You're above all things a human being, an artist», le comenta el comandante a Nicole cuando ella duda de seguir impartiendo clases de piano con él—. La música les recuerda, y nos recuerda como espectadores, la lección de que no somos tan diferentes si no nos empeñamos en vernos con recelo y suspicacia. Pero es que, además, siguiendo con la metáfora de la costura, el tema de Liszt marca los tiempos del film, hilvanando las escenas y las secuencias con gran delicadeza, dotándolas de un telón de fondo en el que desarrollarse; una melodía que nos confiesa la afinidad existente entre los dos protagonistas desde su primera escena a solas, que contribuye a poner punto y final a la hostilidad entre ellos, y que colabora en darle un respiro al drama de la contienda. 


Fuente: IMDb

Conocerse a través de la música lleva a los protagonistas a cambiar la percepción preconcebida que tienen el uno del otro. Nicole dejará de ver al comandante como alguien que se dedica a gritar y aterrorizar a sus tropas, como un tirano de las tierras que no le pertenecen, mientras que el alemán atemperará su apariencia fría e insensible. Con la inestimable ayuda del arte musical, el amor le gana una pequeña batalla a la guerra y, aunque no logra hacerla desaparecer, ni reducir su impacto, al menos trasciende el contexto en el que viven los personajes, rasgándolo como si fuese una tela ajada y empolvada por el tiempo. 

La pregunta que puede surgir al visualizar el film es que qué tiene que ver la belleza con la guerra y la respuesta podría dirimirse entre tres posibilidades: apenas nada, casi nada y nada. Sería ingenuo pensar que, para aquel que sufre un conflicto bélico, no queda condicionada de alguna forma la manera que tiene de concebir la belleza —que no la deforma, no corta su crecimiento o que no la deja en barbecho a la espera de tiempos más propicios—, al igual que no es menos cierto que guerra y belleza son dos conceptos que implican y aspiran a cosas distintas. Si la belleza conduce a complacer a los sentidos y por ende al espíritu, inspira, construye y crea, la guerra insensibiliza, anestesia y destruye. La mano que la belleza de la música le tiende a los dos protagonistas para salir del ambiente lacerante que supone la guerra, infunde consuelo y esperanza, y nos recuerda que siempre nos queda el bastión del arte frente al caos y a la devastación, un punto de encuentro para quien allí quiera encontrarse. 



Fuente: IMDb


Por Valvanera Gómara Ruiz

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