Lo que somos y lo que podemos ser: ''Yo, traidor'' (Rodrigo Fernández Engler, 2022)


Fuente de la imagen: chicagolatinofilmfestival.org/project/yo-traidor

Gris, el alma del protagonista es gris, como los parajes por los que vaga en buena parte del film, en un principio, parece que sin rumbo definido, pero su ambigüedad no es tal, pues el norte de su brújula lo marca la ambición. El traidor al que alude el título es un hombre, Máximo, que engaña a su padre y a su hermano al vender la empresa familiar y sacar provecho de un suculento acuerdo que ha pactado de manera unilateral. Un pecado motivado por su calculadora codicia. Pero esa ambición, que le sirve de piolet para escalar la montaña de sus fríos anhelos, también será su perdición. 

Una vez abandone su pasado, familia incluida y herencia bajo el brazo, otro pecado capital lo tentará, el de la gula, tentación servida en bandeja de plata por un tal Caviedes, quien se la cobrará a un altísimo precio. Caviedes es el personaje cuyo poder y promesa de ascenso atrae en un primer momento a nuestro protagonista, pero no nos dejemos confundir, en realidad es Mefistófeles disfrazado de cacique local. Caviedes le prometerá la gloria a Máximo a la vez que lo condenará al Infierno.

En verdad, hay algo shakesperiano en la película que nos compete, que se puede rastrear en la idiosincrasia de algunos de los personajes, como Aguilera, el siniestro matón-guardaespaldas de infancia traumatizada, un siervo del mal porque no ha aprendido a ser de otra manera, alguien que actúa en las sombras y desencadena los actos que conducen a Máximo a su fatídico destino, pero no sólo aquí percibimos ese aroma a Shakespeare. Esa sensación que, como espectadores, tenemos a tragedia, de que al protagonista le va a ir mal, igual no como a Macbeth o a Otelo, sino más bien, y siguiendo el refranero español, como a alguien que siembra vientos para luego recoger tempestades. Se siente como si las moiras ya hubieran tejido el hado del personaje, un tapiz que no se puede deshacer ni aun pidiendo ayuda a la mítica Penélope.

Y sin embargo, es en los minutos finales cuando se revela la impronta que ha tenido el componente cristiano en la película. La parábola del hijo pródigo emerge como eje vertebrador de un relato que alaba la redención y el perdón, que tiene como epílogo la moraleja de que, aunque alguna vez hayamos sido alguien que no nos hubiera gustado ser, en nosotros reside la esperanza diaria de ser mejores personas. 


Por Valvanera Gómara Ruiz

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